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ARTURO ELIZONDO GARCIA, IN MEMORIAM

Es muy importante que las nuevas generaciones sepan quien fue él, quien creó los nacionales abiertos y logró que la FIDE reconociera a México. Raúl Ocampo

No siendo yo el más indicado para hacer una apología integral de Arturo Elizondo García, simplemente porque nuestra amistad podría calificarse como geográficamente remota, al no coincidir nuestro sitio de residencia, sí quiero dejar para el ámbito del ajedrez mexicano que nos ligó por casi medio siglo, un testimonio de ella, porque aporta luces en torno a la fragua azarosa de las instituciones federativas que nos tocó presidir en distintos momentos. Apenas la semana pasada supe de su fallecimiento, algo verdaderamente muy sentido por mi.

Debió imponerse Arturo a la pérdida prematura de Arcadia, su esposa, Ahora recuerdo que allá por los años 1980, para atender una invitación que les hice a una cena que compartiríamos con los hasta entonces expresidentes de FENAMAC, fueron Arcadia y él los únicos que, habiéndose desplazado desde Monterrey al DF, acudieron a mi llamado. Ni Juan José Arreola, amigo también querido y respetado, acudió acosado por su precaria salud en esa fecha. Arreola y Arturo asistirían como titulares que fueron de las federaciones "Mexicana" (FMA) y "Provincial" (FPARMAC), las que, al fusionarse, dieron lugar a la hoy Federación Nacional de Ajedrez de México, A.C., (FENAMAC). Muy emocionados, Arturo y Arcadia, agradecieron la medalla de plata que les tenía reservada, alusiva al suceso de nuestra reunión. Me alegro mucho ahora el haber tenido esa oportunidad singular para convivir de cerca y hacer memoria y recuento de innumerables anécdotas, vividas al emprender nuestras tareas del ajedrez organizado mexicano, en distintas circunstancias y tiempos, pero más que nada, la satisfacción que me demostraron Arcadia y Arturo entonces. Fue en sello adicional afectuoso de nuestra amistad.

Recién ingresado yo al Tec de Monterrey, en 1949, para retomar mis estudios de ingeniería que inicié en Nueva York, asistía en calidad de "mirón" a las sesudas sesiones ajedrecísticas en el Círculo Mercantil Mutualista, a un costado de la hoy llamada Macro Plaza, donde intercambiaban jaques figuras estelares como el jalisciense Eduardo Sañudo, campeón del Tec, el Ing. Roberto Treviño González, quien sería Campeón Nacional, aparte de ser rector de la Universidad de Nuevo León, desde luego Arturo Elizondo, Ursulo Villarreal, Rómulo González Irigoyen, etc., etc.

Ahí mismo, entre jaque y jaque, percibí las inquietudes y comentarios acres en torno a los métodos que practicaba la FMA, organismo que años después nos tocó comprobar que era una entelequia cuyos registros nunca existieron, al menos, nunca se nos exhibieron. La queja central era que hacían sus torneos "en lo oscurito", sin convocar a los ajedrecistas del interior del país, por lo que integraban las delegaciones mexicanas a las Olimpíadas FIDE injustamente y a su antojo, cuando, por ejemplo, en Yucatán y en Nuevo León habían jugadores con fuerza similar o superior. Así se fue gestando el interés de los "regios" por constituir una federación seria que sí tomase en cuenta a la provincia; de ahí el nombre que se le asignó, como Federación Provincial...., de feliz memoria, porque comenzó por regularizar la afiliación a la FIDE que México había perdido al dejar de pagar sus cuotas obligatorias, quedando entonces como la que ostentaba formalmente la membresía por México en la FIDE. Cabe aquí destacar que fue Arturo el vocero de la FPARMAC, artífice muy eficiente en esos logros, con el apoyo económico y la simpatía de sus paisanos.

Alrededor de ocho años más tarde, me animé a ocuparme de revivir el ajedrez en Yucatán, donde desde principios de siglo no se efectuaba competencia alguna. Una vez que instalamos legalmente nuestra asociación local, contacté con Arturo para afiliarla a la FPARMAC, lo que de inmediato protocolizamos. Para consolidar nuestra afiliación, recibimos enseguida invitación y convocatoria para participar en el Nacional Abierto. Acudí presto, acompañado de Pepe Moisés Elías, flamante campeón estatal, quien tuvo un debut impresionante haciendo tablas con el consagrado coronel J. J. Araiza en la última partida, mientras yo hice tablas también con Simón Delgado, nayarita de gran temple. Muchos personajes que aquí menciono ya han fallecido, así que es ahora oportuno referirme a ellos en esta nota de carácter luctuoso.

A partir de ese Nacional Abierto, puede decirse que nunca interrumpimos Arturo y yo nuestra amigable relación, naturalmente con el ajedrez por medio, con el curioso añadido de que ninguno de nosotros alentó pretensiones de escalar la maestría en ajedrez. Nos concentramos en el ámbito dirigente, pero con mucha pasión. En sus afanes de independencia, el fondeo financiero de las actividades de la FPARMAC encaró dificultades. Siempre acosada por la escasez, era cada vez más exigente el trabajo para recabar fondos para pagar el costo de la delegación mexicana a los eventos FIDE. Apenas alcanzaba para cubrir gastos escuetos de los titulares, sin jugadores suplentes, ni asesores, ni directivos acompañantes.

Fue para entonces que, ya instalada mi residencia en el DF, cuando en unión de varios colegas citadinos, desarrollamos la idea de vigorizar a la institución rectora del ajedrez nacional, considerando que el mejor camino sería el de procurar la unificación de las organizaciones existentes, la FPARMAC y la FMA. Participaron en aquel empeño el Ing. Alfonso Ferriz y el Mtro. Alejandro Báez Graybelt, por solo citar a algunos, incluido el Mtro. Arreola. Busqué y obtuve el beneplácito de Arturo Elizondo y luego de varios meses logramos el acuerdo para fundar una nueva federación, reuniéndonos en un lugar intermedio entre Monterrey y el DF. Conseguí el Palacio de Gobierno de San Luis Potosí, como digno recinto para llevar al cabo la asamblea constitutiva, acudiendo representantes convocados de ambas entidades. Con la presencia necesaria de Arturo Elizondo como Delegado por Nuevo León, el 22 de julio de 1972 y con la sanción presencial de la autoridad deportiva nacional, surgió a la vida la FENAMAC, habiéndome correspondido a mí la presidencia transitoria, que se ocuparía de redactar sus estatutos y reglamentos, y de convocar a elecciones en 1973, elecciones en las que quedé ratificado en el cargo y que tuvieron lugar en Zacatecas, también con la participación activa del "químico" Elizondo, como le gustaba que le llamaran.

Aquel calvario que se recorría para recabar fondos para nuestra delegación a Olimpíadas FIDE llegó a su fin, al disfrutar la FENAMAC del presupuesto oficial destinado al deporte organizado. Sería conveniente que las actuales "estrellitas" de nuestro ajedrez contemporáneo valoraran el trabajo que implicó llegar al disfrute de las comodidades que rodean a nuestras numerosas delegaciones, compuestas actualmente de jugadores, varones y damas titulares, de suplentes, de directivos y de asesores, incluyendo quizás algún turista ¿?

En justo aunque modesto premio por sus fatigas ajedrecísticas, cuando la FENAMAC cumplió -que no celebró- su vigésimoquinto aniversario, pude felizmente lograr que Arturo Elizondo, ya octogenario en aquel 1997, se trasladara a Mérida, donde la Asociación Estatal Yucateca de Ajedrez figuraba como anfitriona. Ahí, en primera fila del Teatro Peón Contreras, compartió Arturo la ceremonia con la afición yucateca, ocasión que nos brindó el espacio para recordar múltiples anécdotas vinculadas al desarrollo del ajedrez mexicano del siglo pasado. Hacía críticas objetivas a la degradación en la dirigencia de la FENAMAC, señalando que dejaron de cumplir su obligación remplazándola por la afición a los viajes a Europa a costillas del presupuesto del ajedrez, habiendo abandonado la organización de torneos (excluyendo los selectivos) por todo el territorio nacional. Curiosamente, rememoraba, el único que ha permanecido ha sido el Nacional Abierto de Semana Santa, ideado por él, desde los albores de la FPARMAC, cuando Arturo mismo la presidía. Desbordaba intensa nostalgia y pesar al mismo tiempo, sentimiento que con igual pena compartí con él.

Así ha de permanecer Arturo Elizondo muy gratamente instalado en mi memoria. Un amigo siempre solidario en los hechos.

Ciudad Satélite, Nauc., diciembre de 2004.
Manuel Vega López de Llergo

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